La primera vez que lo vi creí que era el hermano de María. Era en la escuela secundaria de Del Viso, y con ella fuimos compañeros dos años. Eran parecidos, pero solo eran primos. María tenía otro hermano que se llamaba igual. Blas Pugliese, era un joven formal de una mirada vivaz y atenta. Tenía palabras medidas, respetuosas, lo diferenciaba, en aquel período, de otras adolescencias desatadas. Cumplía años un día antes que mi amigo de los grupos de rock, que teníamos. Así que recordaba los días 24, 25 y 26 (que era el mío) en octubre. Terminada la secundaria (el iba un año atrás) lo perdí por un tiempo, pero seguía viviendo en una casa detrás de la de María. Sus padres también habían llegado de Italia. Esa Italia destruida por la guerra, y rumbearon para el sur, en una Argentina de los 50, que ofrecía posibilidades a todos 'aquellos hombres de buena voluntad que quieran habitar suelo argentino'.
Trabajaba en Capital y me fui varios años para allá, porque también estaba estudiando en la UBA. Supe poco por aquellos años y veía menos a los Pugliese. Solo sabía que había empezado medicina, por su prima. Un fin de semana los encontré en la Feria del Libro (o había quedado en encontrarnos allí). Era en el predio, cuando se hacía detrás de la Facultad de Derecho. La anécdota era que los invité a subir a un taxi, para ir rápido al último tren que salía para Grand Bourg; y nos quedamos- como en aquel cuento de Julio Cortázar- atascados en medio de tantos autos. Bajamos y nos volvimos caminando a Retiro. Ahí me enteraba que era preceptor en una escuela del cruce de J.C. Paz, que seguía estudiando y que le había ido mal en farmacología y debía esperar un año para hacer otras materias de la carrera. Nunca lo decía con tono resignado, sino con actitud propia de un escorpiano.
A fines de los 90, volviendo un poco a la región, tuve noticias suyas. Ya no estaba en Grand Bourg, se había recibido de médico ginecólogo. Empecé a escribir una columna en un diario zonal y lo vi junto a otro médico pediatra (que conocía del Hospital de Los Polvorines) en la tapa de ese diario; Estaban contando algo de políticas en salud y del hospital Mercante. Luego asumiría la dirección. Tenía después datos de que estaba en el Duhau, en el Polo Sanitario u en otro hospital de Malvinas Argentinas. Desde allí no lo vi más personalmente, el último recuerdo era que estaba canoso, y decía: "son los malos pensamientos". Seguía teniendo esa mirada brillante de sus ojos grandes, que me hacía recordar a un actor inglés del cine de los '60.
No voy a olvidar que cuando mi viejo estaba enfermo vino a preguntarme como estaba. No quiso pasar y lo asocio a otra vez que llegó a la casa de Grand Bourg, porque aquel médico pediatra le había avisado que iba a armar una cooperativa de salud, y quería ver cómo era el proyecto. Mi tía, enfermera, que trabajó con él en algún hospital local, o alguna guardia del Hospital Rivadavia lo veía más seguido. A ella, que está ahora en España, le avisé que me había enterado que 'Bachu' (así era el apodo familiar que tenía) había fallecido y que no pude estar para despedirlo. Posiblemente estas palabras, que no deben ser una necrológica, sirvan para recordarlo siempre con esa sonrisa. Había sido el 'dotor', el hijo de esos trabajadores italianos que habían llegado a nuestro país, que siempre daba oportunidades.
Carlos Liendro
No hay comentarios:
Publicar un comentario